CALENDARIO DE ACTIVIDADES

Hygea Nueva Medicina en colaboración con Espacio Victoria impartió la charla "Avicena, médico de Almas", de la cual os proporcionamos un pequeño extracto.

“Del centro de la tierra, por la séptima puerta penetré. Y en el dorado trono del propio Saturno me senté. Muchos nudos deshice en el largo y áspero camino, más deshacer no pude el nudo de la muerte y el destino”

 Poema de Avicena.

 

 Avicena, versión  latinizada de su verdadero nombre, Ibn Sina, fue un médico Persa, nacido en Bujara, en  el año 980 D.C, imbuido en una cultura ardiente de conocimiento y en plena expansión, el Islam,  a la que debió toda su educación, su filosofía, su ciencia, su mística. Estas palabras, con las que iniciamos el artículo, nos muestran a Ibn Sina en su faceta de artista, de poeta. Ellas nos abren a una dimensión mas profunda de este gran personaje de la historia de la medicina, de la historia de la filosofía. Tan excelsa fue su Vida, su Obra, su Legado para la humanidad, que, para aquellos ojos que puedan ver, para aquellos oídos que puedan oír, Avicena no fue un simple hombre, y, quizás, podemos atrevernos, como así lo hiciera Helena P. Blavatsky, a decir que fue  un auténtico Maestro.

 “[…] autor de los mejores y primeros trabajos alquímicos conocidos en Europa. Todos los Espíritus de los Elementos le estaban sujetos, así dice la leyenda, y más adelante nos dice que debido a su conocimiento del Elixir de la Vida, el permanece aún vivo, como un adepto quien se descubrirá a sí mismo ante el profano al final de un cierto ciclo.” HPB

Adentrarnos en su vida, en sus enseñazas es casi como recorrer un lugar sagrado, como un templo al que uno debe pedir permiso para, incluso, llamar a la puerta y hacerse Digno de entrar. Con humildad, pues, en este artículo traspasaremos el umbral que nos lleve hacia su Templo de conocimientos, al menos, hasta donde nuestra propia conciencia nos permite viajar.  

Hoy, en las facultades del siglo 21, estudiamos a Hipócrates, a  Paracelso, a Galeno; sin embargo, en mi época de estudiante, en ninguna lección se mencionó a Avicena, ni a su legado en más de 459 libros, del Canon, su obra médica por excelencia, de su Al shifa, el libro que él denominara como el de las curaciones del alma y mucho menos de su sabiduría.  Sin embargo, durante muchos siglos, fue conocido como el Príncipe de la medicina y aparece en los grabados de la época junto a Paracelso e Hipócrates, con una corona de laurel. El Canon fue utilizado como el libro médico por excelencia  en todas las universidades hasta el siglo XVII, los médicos aprendían el Árabe sólo para poder estudiar sus enseñanzas. 

La medicina que Avicena ejercía, vivía e intentaba trasmitir, él mismo era consciente de ser un punto de unión entre los restos de las medicinas practicadas en oriente, Persia, India, china; además,  inserto en la cultura del Islam, confluían en él grandes influencias Helenísticas, un gran trasfondo religioso e, incluso, esotérico, proveniente del mundo Sufí. Sin embargo, hoy, permanece por muchos ignorado, posiblemente, por no ser comprendido en su profundidad su mensaje. Quizás sea su gran altura la que nos distancia tanto que un mundo inserto en una crisis de valores éticos, morales y espirituales es incapaz de apreciar, de alzar sus pies para ponerse de puntillas y poder si quiera rozar la profundidad de las palabras de Ibn Sina. Sólo 170 libros han llegado a nuestras manos, muchos de ellos con traducciones latinas muy lejos de ser fieles al auténtico mensaje de sus textos.

Avicena, excepcional desde su niñez, a los 10 años podía recitar de memoria el Corán,  a los 16 años ejercía la medicina y podía entablar conversaciones con los personajes más doctos de la época, demostrando su superioridad en sus conocimientos.

En su mausoleo en Hamadan, se construyeron 12 columnas alrededor, en representación de las 12 ciencias que él dominó.

Pero lo más grandioso de Ibn Sina fue  que no se limitó a ser un simple practicante de la medicina, él encarnaba lo que, en el Islam, se denominaba un auténtico médico con mayúsculas. 

Bastan algunas palabras de la época para comprenderlo: 

"Quien sólo es perfecto en medicina, pero no en lógica, matemáticas, filosofía y en teología, más que un verdadero médico, es un practicante de la medicina: un Mudawi" 

“En la persona del médico se deben fusionar tres condiciones: 

                                 - Intelectual: debe de ser sabio en la teoría y en la práctica, 

                                 - Ética Médica: sólo un hombre de buenas costumbres puede llegar a ser médico. 

                                 - Ético Pedagógico: la amistad y admiración con el sabio y maestro no debe superar al que se tiene con el mundo y familiares”

 

 

 

Ibn Sina, por encima de todo era, pues, un filósofo: alguien cuya integridad se convierte en el estandarte de su vida, plasmándolo en todo lo que emprende y lleva a cabo. 

Para él, además, lo más importante de las ciencias, de cualquier conocimiento, era hacer que el hombre fuera mejor cada día, que alcanzara la felicidad, aquella que se sustenta en una vida de elevados valores humanos. Ibn Sina, sobretodo, era un pedagogo y lo pudo plasmar, poniendo en práctica su ideal filosófico en su etapa como político, nombrado Visir de Hamadan. Un Ideal como lo fuera el de la República de Platón, como lo vemos reflejado en Confucio.
Fue matemático, físico, astrónomo, astrólogo, geólogo, poeta, y todo ello siempre puesto al servicio del hombre para su crecimiento interior y, en definitiva, para la  evolución de toda la humanidad. 

La medicina de Avicena nos habla de conceptos sobre los que es necesario un análisis profundo, con un significado físico, psíquico, mental y espiritual. Nos habla de humores – la bilis amarilla, la sangre, la flema o la bilis negra-; nos habla de elementos, como los ladrillos de los que todo el universo se conforma – aire, fuego, tierra ya aire-; nos muestra conceptos como el de las constituciones, donde nos enseña la relación entre estructura, psiquis y formas de enfermar y de sanar; nos trasmite la importancia que tiene indagar sobre las causas de cualquier patología, pues sin llegar a la verdadera raíz de las mismas, será inútil cualquier tratamiento que verdaderamente busque devolver al individuo su armonía, causa última de toda pérdida de salud. 

Como contraste, encontramos una medicina, hoy en día, donde las causas casi no importan, se usan remedios generales para múltiples dolencias, con la intención de llevar a la persona a un estado  artificial de bienestar, sin profundizar en su psiquis, en su mente, en sus vidas, casi impidiéndole  hallar la raíz verdadera de sus patologías,  cortando, pues, toda posibilidad del individuo de crecer a partir de la comprensión de aquello que le llevó a su estado actual en desarmonía. 

Avicena nos invita a un viaje, un recorrido por su templo interior, lleno de misterios, llenos de verdades ocultas tras el velo de nuestra ignorancia; quizás, como dice HBP, si algún día somos dignos, él se nos presente y podamos comprender en toda su amplitud sus palabras. Tal vez, muchos siglos nos queden para ello, pero, al menos, hasta ese día, hay algo que, el deber  como médicos, como seres humanos, casi nos obliga: enfocar con fuerza y valor  nuestra voluntad sobre  nuestros  pies para comenzar a  dar los primeros pasos de ese gran viaje, buscando plasmar en nuestra vidas, al menos, un pequeño ejemplo de lo que él nos legó, como tantos otros grandes personajes en la historia: un viaje al encuentro de nuestro médico, filósofo, político y artista interior y vivirlo así cada segundo de nuestro quehacer cotidiano. 

Desde el siglo 21, sólo nos queda decirte con todo nuestro corazón, “Gracias Avicena”. 

Cristina Martín González